Juan 5:14
¿Fueron las palabras de Jesús “dejar de pecar” un jarro de agua fría para este hombre? o ¿aquellas palabras eran la verdad que él necesitaba saber para ser verdaderamente libre?
Probablemente eran las palabras que aquel hombre no quería escuchar, pero seguro eran las palabras que necesitaba escuchar.
El pecado acusa. El pecado hace daño. El pecado esclaviza. El pecado mata.
Jesús dio la buena sentencia a este hombre de que aquel acta mortal que le había hecho daño hasta ese momento había dejado de tener efecto contra él.
Pero le advirtió que no volviera a escribir un registro tan peligroso en su contra. “No peques más” le dijo.
Quitó un yugo de muerte de sus hombros y puso un yugo fácil y una carga ligera, el de creerle y seguirle.
Jesús vino a restaurar la vida de las personas por completo. A sanar el cuerpo, a sanar el alma. Y también nos hace verdaderamente libres para no ser más esclavos de algo peor que la enfermedad del cuerpo y la enfermedad del alma, que es el pecado.
El pecado trae consecuencias dañinas a nuestra vida.
Y no solo nos daña en la vida en este mundo sino lo que es peor, nos condena quitándonos la vida eterna en la presencia de Jesús.
El pecado es peor que el peor de los venenos. Santiago 1:14,15.
Una vez que damos permiso al pecado en nuestro ser, va tomando lugar produciendo daño hasta que produce muerte.
Toma lugar el vicio, el odio, la violencia, la mentira, el egoísmo, la idolatría.
Produce la muerte de nuestras habilidades y salud, consume nuestras riquezas.
Produce la muerte de nuestra amabilidad, amistades, y aun de nuestros amores.
Produce la muerte de nuestra libertad, de nuestra credibilidad; de nuestra sensibilidad y compasión; nos nubla el entendimiento y oscurece la verdad.
Cuando miramos a Jesús en la cruz, su sufrimiento, el derramamiento de su sangre y su muerte, es cuando nos percatamos de la gravedad del pecado.
Cuando vemos el precio que tuvo que pagar Jesús de morir clavado para quitar el pecado de en medio es cuando tenemos una verdadera dimensión del poder del pecado sobre la persona.
Pero hay buenas noticias, no importa lo feo de tu pecado o el daño que haya hecho.
El mismo precio pagado por Jesucristo que nos muestra la gravedad del pecado, también nos muestra el poder de Jesucristo para quitarlo de en medio, para perdonarnos y limpiarlo de nosotros, para anular su efecto en nuestra contra.
Y ese pecado que le daba autoridad al diablo para dañarte, al ser perdonado cierra la puerta a la intervención del tu mortal enemigo contra tu vida.
Ese pecado que es contrario a ti, esa acta contraria a ti es anulada, pierde su efecto, siendo clavada en la cruz. El adversario es vencido y despojado de sus armas contra ti, Colosenses 2:13-15.
Jesús sanó a aquel hombre de su enfermedad y luego al decirle “no peques más” lo introdujo en el camino lógico de la verdadera libertad después de haber recibido el milagro.
Sin duda alguna que Jesús quiere comenzar en ti un proceso que restaurará toda tu vida. Él quiere hacerlo y puede hacerlo. Su gracia, es decir su bondad y favor hacia ti y su obra salvadora, es mayor que tu pecado.
Jesús inicia tu restauración perdonando tus pecados y aun dándote su ayuda poderosa allí donde tú no podías hacer nada para ser libre de tu pecado.
Y continúa tu restauración acompañándote y ayudándote en todo momento y situación.
Primero te lava de tus pecados, te purifica, por medio de su sangre.
Luego te justifica delante de Dios. Dios al verte lavado de tus pecados por la sangre de Jesucristo te declara no culpable, te acepta.
Y ahora te santifica, te consagra, te aparta de esa vida de pecado para dedicarte a él.
Pero para hacer todo esto en ti, te pide que te unas a él, confíes en él y colabores dejando el pecado. ¡Deja tu pecado clavado en la cruz!
¿Cómo hacerlo?
Pide perdón por tu pecado. Cree que al hacerlo tu pecado es llevado por Jesús y clavado en la cruz y por su sangre tú eres limpiado. Pide ayuda al Espíritu Santo para cambiar.
¡Realmente Jesús quiere sanarte por completo, cuerpo, alma y espíritu!
Acaba con ese veneno mortal en tu vida.
