Dios nos creó a su imagen y semejanza, y luego nos hizo nacer de nuevo como hijos de su propia voluntad, por su Hijo, por su pura gracia, y le podemos llamar Padre. Y nuestro Padre nos da cosas buenas. Para él somos como ovejas de su rebaño y él es nuestro Buen Pastor; nadie nos arrebatará de su mano.
Pero a nuestro Dios y Salvador, a nuestro Padre Celestial, le ha placido compararnos a árboles. Podríamos decir que para Dios somo como árboles, y así nos lo enseña en varias ocasiones en su palabra. En todas estas ocasiones nos enseña para nuestro bien.
Dios quiere que seamos como árboles. No como cualquier árbol, sino como sus preciosos árboles. Bien plantados, bien nutridos, bien fuertes, de buen fruto, en definitiva buenos árboles del Señor.
Como el Árbol junto al Arroyo.
Salmo 1:3. Somos como el árbol plantado junto a las corrientes de aguas, si hacemos de su palabra nuestra prioridad y norma, y de ella nos alimentamos regularmente. Sí, sabemos a dónde extender nuestras raíces, no al pecado sino a la Verdad de Dios y a la poderosa ayuda del río de Dios, del Espíritu Santo. Entonces nuestra hoja no caerá y cada temporada daremos fruto; y la buena voluntad de Dios se cumplirá en nuestra vida.
Como Olivo Verde.
Salmo 52:8. Somos como olivos verdes, no confiados en nosotros mismos, sino confiados en las misericordias del Señor, que él renueva cada mañana. Y dispuestos no solo a ser cuidados sino también a dejarnos prensar para que se obtenga el precioso aceite, el que es símbolo del Espíritu Santo y que dará testimonio a otros que necesitan conocer al Señor.
Como Palmeras y Cedros.
Salmo 92:12. Somos como Palmeras y Cedros, que permanecemos, no nos secamos, crecemos y florecemos. Pero siempre allí donde está nuestro sustento, fortaleza y protección, en la casa del Señor, en nuestro lugar de comunión con él; allí en nuestro lugar de alabanza y gratitud; allí congregados con los hermanos. Aun cuando pasan los años seguimos dando fruto.
Como Árboles de Justicia.
Isaías 61:3. Robles de justicia. Árboles que han tenido la paciencia y la resiliencia para crecer y permanecer. Se han hecho fuertes en el Señor y ahora están firmes y en esta firmeza el Gran Dios que los plantó recibe gloria. Éstos árboles son los que dan buen testimonio y anuncian las virtudes de Dios.
Como Árboles Frutales.
Ezequiel 47:12. Como árboles junto al río, no cualquier río sino el que viene de Dios, de su santuario, del Cordero que nos ha limpiado y salvado. Con aguas de vida. Regados por esas aguas nuestro fruto alimentará a los que se acercan a Dios, nuestras hojas sanarán a los que le buscan.
Como Buenos Árboles.
Mateo 7:17. Hechos de nuevo por nuestro Salvador y Señor, para una nueva vida y un nuevo fruto, ahora buen fruto. Y es ese buen fruto el que nos da a conocer que somos buenos árboles. Caminamos en esas buenas obras que él ya preparó para nosotros de antemano, sacamos del buen tesoro de nuestro corazón.
No como malos árboles.
Lucas 3:9. No seamos como árboles malos que no dan fruto o que dan mal fruto porque entonces corremos el peligro de ser cortados en cualquier momento.
Lucas 13:8,9. Es mejor reconocer nuestro estado y pedir misericordia para cambiar. El Señor que es misericordioso nos ayudará y nos dará tiempo para que cambiemos y demos buen fruto.